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EL CORAZON DE DOÑA FRANCISCA ZUBIAGA

Antes de su muerte,  encargó  que le sacaran el corazón y se lo enviaran a su esposo, el Mariscal Agustín Gamarra. Fue una mujer a la que le sobraba coraje, coronada por el libertador Simón Bolívar en reconocimiento a su valor y valentía.

Por: Maria Luz Crevoisier, periodista

…¡Pshhhh!…allá va la Pancha!, era el comentario general de los limeños cuando a todo galope iba una mujer a caballo por esas calles de la tres veces coronada villa. Gruesa y vistiendo capa azul de terciopelo con borlas doradas y altas botas de militar, la cabeza erguida y entrenzado el largo y hermoso cabello, la Presidenta -también llamada La Mariscala-, infundía respeto y la envidia de todas las limeñas, desde que llegó a la capital acompañando a su esposo el coronel cusqueño Agustín Gamarra, electo por vez primera Presidente de la República (1829-33) gracias a esta mujer quien, según el viajero francés De Sarters, “había en ella disposiciones para dos generales”.

Francisca Zubiaga Bernales, fue su nombre de pila. Nació en la capital de los Incas un 11 de setiembre de 1803. Hija del contador de origen vasco Antonio Zubiaga y de la cusqueña Antonia Bernales. Al decir del Dr. Cornejo Bouroncle, uno de sus biógrafos, ella y sus hermanas tenían un temperamento impropio para las de su clase: fuertes, imperativas y decididas, no se amilanaban ante nada, claro de todas se destacaba Francisca.

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LA NOVIA ENCONTRADA

(Cuento)

Por: María Luz Crevoisier
Periodista

Era un día de abril.

El verano, como una bola de fuego consumía nuestros cuerpos, embotando las ganas de ser, la voluntad de hacer. Estábamos en abril, pero el calor seguía pegado a nuestra piel como una garrapata. Afuera, a unos pasos de la casa, la brisa del mar ventilaba el malecón. Aquella mañana, mamá “Po”, nuestra nana de nombre Policarpa, subía los escalones de la antigua casa en La Punta, seguida por la prima Anás, o sea Anastasia, que no dejaba de preguntar  e importunarla con sus comentarios.

“Pero mamá Po, cómo va a desaparecer así por que sí una persona, ni que la hubieran raptado los marcianos, seguramente escapó con el tipito ese”. Y mamá “Po”, refunfuñando, respondía que no acusara sin saber, pues entre Chiara y Ricardo no había existido más que una entrañable amistad. “Sí, pero él no dejaba de buscarla y todos sabíamos de estaba templadazo de ella”. Mamá “Po” respondía no saber nada y mejor dejaran de hablar, porque ya estaban en el piso superior, cerca del altillo.

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